19 enero 2008

Sobre lo curioso

Es sorprendente como puede funcionar la mente humana. Como lo cotidiano, lo habitual, lo que uno está harto de ver y experimentar, se vuelve invisible sin apenas darte cuenta.

Viene al caso que mi pareja lleva viviendo alguna que otra década en la misma casa. Casa que mantiene la misma terraza de siempre, con las mismas vistas de siempre, y que ahora comparte conmigo.

Esta mañana, al despertarnos, había una espesa niebla que dificultaba la visión más allá de un par de edificios. Como de costumbre (mala, lo reconozco), me encendí un cigarrillo para fumármelo apoyado en la barandilla de la terraza, momento en el cual comprobé lo difícil que se hacía vislumbrar un par de calles más abajo. Me llamó especialmente la atención que, el inmenso edificio de viviendas que allá en el horizonte me saluda cada mañana, había desaparecido tras la cortina de nubes que me rodeaba.

Lo curioso, y al cabo motor de esta reflexión, es que al comentarle a mi pareja el hecho de la desaparición de la torre, con cara de no saber de lo que le estaba hablando, me respondió: “¿Qué torre?”.
Yo no podía dar crédito a lo que estaba diciendo. ¿Cómo podía haber olvidado que allí al fondo ha habido siempre una torre de no menos de 20 plantas?... Pues así era.

A media mañana, cuando la niebla ya había desaparecido, le enseñé la torre de toda la vida, y con total naturalidad, dijo: “Ah, si... esa. Ahora ya se la que me decías”. Mi cerebro cortocircuitaba. Como que “esa torre”... ¡pero si no hay otra más que esa!

Y aun más perplejidad en mi rostro. No por el hecho en si de no haberse dado cuenta de nada, sino por la aparente normalidad que ella transmitía. Seguía sin darle la más mínima importancia.

Será porque, pese a llevar ya un par de años largos viviendo aquí, sigue siendo un ambiente nuevo, o porque en mi Carabanchel natal no existían edificios de esa envergadura, en mi cabeza no cabía la posibilidad de obviar la ausencia de tamaña construcción. Pero para ella, nunca representó nada en lo que fijar la atención.

Y a mi me ha ocurrido lo mismo. Ahora me doy cuenta: No hace mucho, visitando a mis padres, pasamos por delante de un local bastante grande que desde hace muchos años albergaba una tienda de electrodomésticos, y que de repente se había convertido en un mega-locutorio. Cuando les comenté a mis padres el cambio me dijeron: “Pues anda que te fijas. Al poquito de marcharte tu del barrio lo cambiaron, así que llevará ya el locutorio casi dos años ahí”.

Puedo aseguraros que en ese tiempo he pasado por delante de ese local unas cuantas veces, y nunca había reparado en el cambio. Para mi, la tienda de electrodomésticos era lo que correspondía a ese local, por lo que ni me fijaba realmente en lo que había, hasta esa tarde en que me extrañó no verla.

Ahora entiendo que la misma cara que le puse esta mañana a mi pareja, es la que me pusieron mis padres a mi con lo del local.
Y creedme si os digo que me reconforta, porque eso significa que no está loca... o que ambos lo estamos.

4 comentarios:

Luis dijo...

Pues hombre...no me preocuparía demasiado. Coincido con tu diagnóstico respecto a vuestra salud mental. Hay casos bastante más hirientes al respecto!

Manic dijo...

Nuestra mente es capaz de asimilar diariamente información así de realizar tareas de las que ni siquiera somo conscientes. Por ejemplo cuantas veces no hemos llegamos al trabajo sin saber como porque lo último que recordamos es haber cerrado la puerta de nuestra casa. O en ocasiones ni siquiera eso. En más de una ocasión una vez en la calle, he tenido que volver a casa porque no recordaba haber cerrado la puerta. Y estaba correctamente cerrada.

Berracus dijo...

Incluso hay veces que nos dejamos el gas abierto y nadie recuerda haberlo encendido... Es lo que tiene la mente (in)humana.

Enoch dijo...

La realidad es que no nos fijamos nunca en las cosas cotidianas. Pensad simplemente en la manera tan distinta de vivir una ciudad cuando uno está de turismo. Me encanta pasear por Madrid con ojos de turista y percatarme de todos los detalles que no percibo en mi día a día.

Más de una vez me ha ocurrido lo que a Manic. Por eso he desarrollado sin querer algunas pequeñas manías para tener, posteriormente, la certeza de que he hecho algo que no recuerdo, como cerrar el coche: aunque uso el mando, siempre tiro de la manija después. Nunca recuerdo haber usado el mando, pero sí la acción de comprobar que está cerrado.